Ungoliant, la araña primordial que devoró la luz de los Dos Árboles
Antes que Shelob existió Ungoliant: la araña surgida de la oscuridad que, aliada con Morgoth, bebió la luz de Valinor y luego estuvo a punto de devorarlo a él.

En el legendarium de Tolkien hay maldades que se explican y maldades que solo se contemplan con espanto. Morgoth tiene una historia, una caída, una psicología. Sauron tiene ambiciones comprensibles. Pero Ungoliant pertenece a otra categoría: la de aquello tan antiguo y tan ajeno que ni siquiera el propio autor quiso fijar su origen. Es una araña del tamaño de una pesadilla, un hambre con forma, una oscuridad que no sirve a nadie más que a sí misma. Y durante una sola noche terrible, esa criatura cambió la historia de Arda para siempre.
Una sombra de origen incierto
Lo primero que desconcierta de Ungoliant es que Tolkien se niega a decirnos con claridad qué es. En El Silmarillion se la describe como un ser con forma de araña monstruosa, y se desliza la idea de que tal vez fue, en los principios del mundo, uno de esos espíritus que Melkor sedujo y corrompió cuando todavía era el más poderoso de los Valar. Pero la frase queda en suspenso. “Los Elfos no sabían de dónde venía”, dice el texto, y esa ignorancia es deliberada.
Esa ambigüedad es una elección artística genial. Ungoliant funciona porque no la entendemos. A diferencia de Morgoth, que quiere dominar, ella solo quiere consumir. Se había retirado al extremo sur del mundo, a un valle de tinieblas, y allí tejía la oscuridad misma, hilando una telaraña de Luz Inexistente —la Unlight— que la propia luz no podía penetrar. Vivía hambrienta, devorando todo cuanto alcanzaba, despreciada incluso por su antiguo amo.
Allí, en su escondrijo, Ungoliant había crecido hasta una forma monstruosa, alimentándose de la luz y de las cosas vivientes, y odiando la luz que devoraba.
El pacto de las tinieblas
Cuando Melkor huyó de Valinor humillado, tras haber sido capturado y liberado, buscó venganza contra los Valar y los Elfos. Pero no podía atacar solo el corazón luminoso de Aman. Necesitaba un aliado a la altura de su rencor, y descendió al sur en busca de Ungoliant.
El trato fue oscuro y desconfiado, como correspondía a dos seres incapaces de lealtad. Melkor le prometió saciar su hambre sin límite a cambio de su ayuda. Envueltos en el manto de Luz Inexistente, ambos cruzaron invisibles las defensas de Valinor y llegaron hasta la colina de Ezellohar, donde se alzaban los Dos Árboles.
Allí estaban Telperion, de flores de plata, y Laurelin, de hojas de oro: las dos fuentes de luz que iluminaban el reino de los Valar antes de que existieran el Sol y la Luna. Melkor los hirió con su lanza, y Ungoliant hizo el resto. Pegó su boca a las heridas y bebió. Bebió la savia luminosa hasta secarlos; bebió hasta las fuentes y los pozos de luz que custodiaba Varda. Y a medida que tragaba aquel resplandor, su negrura se hinchaba y se volvía más densa, más vasta, hasta que la propia oscuridad que exhalaba aterró a Melkor.
Con ese acto terminó una era. Valinor quedó a oscuras, y la luz de los Árboles solo sobreviviría en tres joyas: los Silmarils que Fëanor había forjado.
La traición y la huida
Lo que vino después es uno de los pasajes más reveladores del legendarium. Tras la destrucción, los dos fugitivos escaparon al norte. Morgoth llevaba consigo el mayor botín de la historia de Arda: los Silmarils, robados de las cámaras de Fëanor, ardiendo en su corona.
Pero Ungoliant, agigantada por la luz devorada, exigió su parte. Le reclamó las joyas que él apretaba contra sí, y cuando Morgoth se negó, lo envolvió en sus redes y empezó a estrangularlo. El Señor Oscuro lanzó un grito de espanto que resonó en las montañas. Fueron sus Balrogs, los demonios de fuego que dormían en las ruinas de Angband, quienes acudieron y, con sus látigos llameantes, desgarraron las telas y ahuyentaron a la araña.
Hay una ironía amarga y perfecta en esa escena: el primer gran enemigo del mundo casi muere a manos de su propia aliada, devorado por el hambre que él mismo había alimentado. La maldad pura no conoce bandos.
El destino de la araña y su descendencia
Ungoliant huyó hacia el sur, a la región sombría de Nan Dungortheb, el Valle de la Muerte Espantosa, donde se cuenta que se apareó con otras criaturas monstruosas y engendró una estirpe de arañas gigantes. La más famosa de sus descendientes viviría miles de años después en un paso de montaña cerca de Mordor: Ella-Laraña, la que Frodo y Sam encontrarían en los túneles de Cirith Ungol.
Del final de la propia Ungoliant, Tolkien apenas dice nada, y de nuevo el silencio es intencionado. La versión más conocida sugiere que su hambre se volvió tan absoluta que, no quedándole ya nada que devorar, terminó devorándose a sí misma. Sea cierto o no, la imagen captura su esencia: una voracidad tan total que solo podía acabar consumiéndose.
Por eso Ungoliant sigue inquietando. No representa la ambición ni el orgullo, los pecados habituales de los villanos de Tolkien, sino algo más primario y más difícil de mirar: el deseo sin fin, la oscuridad que odia incluso la luz de la que se alimenta. En un mundo creado por una música divina, ella es la nota que solo quiere callarlo todo.



Comentarios