Rohan y los Rohirrim: los Señores de los Caballos de la Tierra Media
Jinetes indómitos de las praderas, fieles a un antiguo juramento con Gondor. Cultura, historia y la carga heroica que decidió la batalla más grande de la Guerra del Anillo.

Si los Elfos representan la sabiduría antigua y los Enanos la tenacidad de la piedra, los Rohirrim encarnan algo más terrenal y más cercano: el coraje sencillo de un pueblo libre, el galope de los caballos sobre la hierba y la lealtad a la palabra dada. Rohan es, quizá, el reino más humano de El Señor de los Anillos, y no es casual que su cultura, sus canciones y su honor dejen una huella tan honda en quien los conoce. Tolkien los modeló con el espíritu de los antiguos pueblos del norte, y les dio un lugar central en la victoria final contra la sombra.
El pueblo de los jinetes
Los Rohirrim se llaman a sí mismos los Eorlingas, y habitan Rohan, también llamado la Marca de los Jinetes, una vasta tierra de praderas onduladas al norte de Gondor. Su vida entera gira en torno al caballo. Crían las mejores monturas de la Tierra Media —entre ellas los legendarios mearas, la estirpe de la que procede Sombragrís, el corcel de Gandalf— y se dice que un hombre de Rohan aprende a montar antes que a caminar.
Su cultura, de raíces claramente inspiradas en los anglosajones, es la de un pueblo guerrero pero noble: aman los caballos, la cerveza, las canciones que recuerdan a los caídos y los salones donde se narran las gestas. Su rey habita en Edoras, la única ciudad del reino, y allí se alza Meduseld, el Castillo de Oro, un gran salón de techo dorado desde el que gobiernan los descendientes de Eorl.
¿Dónde están ahora el caballo y el jinete? ¿Dónde el cuerno que resonaba? Han pasado como lluvia en la montaña, como viento en los prados.
Esos versos, que un personaje recita en la obra, resumen el alma melancólica y valerosa de los Rohirrim: un pueblo que sabe que la gloria es pasajera y que, aun así, cabalga hacia ella.
El Juramento de Eorl
La historia de Rohan está unida a la de Gondor por un vínculo de honor. Siglos antes de la Guerra del Anillo, cuando Gondor se hallaba al borde de la derrota frente a una invasión, un joven caudillo del norte llamado Eorl el Joven acudió con sus jinetes en una cabalgada desesperada y salvó al reino en la batalla del Campo de Celebrant.
En agradecimiento, el senescal de Gondor cedió a Eorl y a su pueblo la extensa región de Calenardhon, que desde entonces sería Rohan. Y ambos pueblos sellaron el Juramento de Eorl: una alianza perpetua por la que Rohan y Gondor se comprometían a acudir en ayuda del otro en la hora de mayor necesidad. Ese juramento, mantenido durante generaciones, sería el hilo del que dependería el destino de la Tierra Media en su momento más oscuro.
La sombra sobre Meduseld
Cuando llega la Guerra del Anillo, Rohan atraviesa su hora más baja. El rey Théoden, envejecido antes de tiempo, ha caído bajo la influencia de su consejero Lengua de Serpiente (Gríma), un traidor al servicio secreto del mago Saruman, que codicia el reino. Bajo ese hechizo, Rohan se debilita y se aísla justo cuando más falta hace su fuerza.
La llegada de Gandalf rompe el maleficio. El rey se libera de la sombra, destierra al traidor y vuelve a empuñar la espada. Pero el peligro es inmenso: Saruman lanza sus ejércitos contra Rohan, y los Rohirrim se ven obligados a replegarse en la fortaleza de el Abismo de Helm, donde libran una batalla nocturna desesperada que a punto están de perder, hasta que la llegada del alba y de refuerzos vuelve la tornas.
La carga que salvó al mundo
El momento culminante de los Rohirrim llega cuando Gondor, sitiada y a punto de caer, enciende las almenaras pidiendo auxilio. Théoden, fiel al Juramento de Eorl, convoca a todos sus jinetes y cabalga hacia el sur para acudir a la llamada.
En los Campos del Pelennor, ante las murallas de Minas Tirith, se libra la mayor batalla de la Tercera Edad. La carga de la caballería de Rohan, con Théoden al frente y su cuerno resonando al amanecer, irrumpe sobre las huestes de Mordor y cambia el curso del combate. Allí cae el rey, pero allí también ocurre una de las hazañas más recordadas: su sobrina Éowyn, disfrazada de guerrero, junto al hobbit Merry, se enfrenta al temible Rey Brujo de Angmar, señor de los Nazgûl, y lo destruye, cumpliendo una vieja profecía según la cual “ningún hombre” podría matarlo.
El sacrificio y el valor de los Rohirrim en aquel campo salvaron a Gondor y, con ella, a toda la Tierra Media. Por eso Rohan ocupa un lugar tan querido en el corazón de los lectores: no es el reino más antiguo ni el más sabio, pero es el que demuestra que la lealtad a una promesa y el coraje de un pueblo libre pueden, en la hora decisiva, inclinar la balanza entre la luz y la sombra.



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