Khazad-dûm (Moria): el auge y la caída del mayor reino enano
Fue la ciudad enana más rica y magnífica de la Tierra Media, cuna del mithril. La codicia por cavar demasiado hondo despertó un mal antiguo que la convirtió en tumba.

Bajo las Montañas Nubladas, en la penumbra de salas tan vastas que la luz de una antorcha no alcanzaba sus techos, se extendía la obra más grandiosa que los Enanos levantaron jamás. Khazad-dûm, “la Mansión de los Enanos”, fue durante milenios el corazón de su poder y su gloria. Y su historia es, como tantas en Tolkien, la de una grandeza deslumbrante arruinada por cavar demasiado hondo. Cuando El Señor de los Anillos la recorre, ya no es un reino: es una tumba oscura a la que los Elfos llaman Moria, “el Abismo Negro”.
La mansión de Durin
Su fundación se remonta a los días antiguos, cuando Durin el Inmortal, el más importante de los Siete Padres de los Enanos, despertó y recorrió las Montañas Nubladas. En un valle a los pies de tres picos, junto a un lago oscuro y espejeante, halló el lugar donde establecería su morada, y allí sus descendientes, el Pueblo de Durin, excavaron durante generaciones.
Con el tiempo, Khazad-dûm creció hasta convertirse en un reino subterráneo de proporciones colosales: kilómetros de galerías, escaleras, pozos y puentes; salas de columnas talladas como bosques de piedra; el gran Salón de Durin, iluminado por lámparas de cristal. No era una mina lúgubre, sino una ciudad magnífica, la maravilla arquitectónica de su raza. Durante milenios prosperó en paz, y su nombre fue sinónimo de riqueza y esplendor.
El tesoro de la plata verdadera
Buena parte de esa riqueza tenía un origen concreto: el mithril, la plata verdadera. Este metal precioso, que no se hallaba en ningún otro lugar del mundo, era el mayor tesoro de Moria. Ligero como una pluma y más resistente que el acero, permitía forjar armaduras casi indestructibles y objetos de una belleza que no se empañaba jamás.
El mithril hizo a los Enanos de Moria inmensamente ricos y codiciados. Con él comerciaban incluso con los Elfos, y en la Segunda Edad, el Pueblo de Durin mantuvo una estrecha amistad con los Elfos de Eregión, los orfebres que, guiados por Celebrimbor, forjaron los Anillos de Poder. Aquella fue una época dorada de colaboración entre las dos razas, algo poco frecuente en la historia de la Tierra Media.
De todos los tesoros de Moria, ninguno se comparaba con el mithril; y por buscarlo, cavaron sin descanso hacia las raíces del mundo.
El mal despertado
Y ahí estaba la semilla de la ruina. Cegados por el valor del mithril, los Enanos cavaron cada vez más hondo, siempre más abajo, hacia las simas más profundas bajo la montaña. Hasta que, en el año 1980 de la Tercera Edad, tocaron algo que nunca debieron tocar.
En las tinieblas de las raíces de la montaña dormía, desde la Primera Edad, un Balrog: uno de los demonios de fuego y sombra de Morgoth, oculto allí desde la caída de su antiguo amo, esperando en el silencio durante miles de años. La piqueta de los Enanos lo despertó.
La criatura surgió como una tormenta de fuego. Mató al rey Durin VI —por eso se lo conoció desde entonces como el Daño de Durin— y, poco después, a su hijo Náin. El terror se apoderó del reino. Incapaces de enfrentarse a semejante poder, los Enanos huyeron en desbandada, abandonando su ciudad milenaria, sus tesoros y sus muertos. Khazad-dûm, la gloria de su raza, quedó vacía y a oscuras, tomada por el Balrog y, con los siglos, invadida por los orcos.
El Abismo Negro
Desde entonces, la mansión de Durin dejó de ser un reino para convertirse en un nombre de espanto. Los Elfos la llamaron Moria, el Abismo Negro, y nadie que entrara solía salir. Aún así, la nostalgia de su antigua gloria seguía viva en el corazón de los Enanos.
Siglos después, el señor enano Balin intentó recolonizarla, entrando con una compañía para reclamar el reino de sus antepasados. Al principio tuvo éxito, pero la aventura terminó en tragedia: los orcos y el mal que aún moraba en las profundidades acabaron con todos ellos. Cuando la Compañía del Anillo atraviesa Moria en El Señor de los Anillos, encuentra la tumba de Balin y el relato de su último y desesperado combate.
Y es en Moria donde el propio Gandalf se enfrenta al Daño de Durin sobre el Puente de Khazad-dûm, cayendo con él al abismo en uno de los momentos más recordados de toda la historia.
Khazad-dûm resume, como pocos lugares, una de las grandes advertencias de Tolkien: que la codicia sin medida no solo agota los tesoros, sino que despierta males dormidos que era mejor no molestar. Los Enanos cavaron buscando plata y encontraron fuego. Y el reino más magnífico de su raza se convirtió, por avaricia, en el más profundo de sus sepulcros.



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