Gollum (Sméagol): la criatura más trágica de la Tierra Media
Cómo el Anillo Único corrompió a un hobbit durante siglos: la división entre Sméagol y Gollum y su papel decisivo en el Monte del Destino.

Hay villanos que dan miedo y villanos que dan pena, pero solo unos pocos logran las dos cosas a la vez. Gollum es quizá el único habitante de la Tierra Media capaz de helar la sangre con un susurro y, un instante después, arrancar una lágrima con una mirada perdida. No es un señor oscuro ni una bestia salida de los abismos: fue un hobbit, una criatura sencilla que pescaba en un río bajo el sol. Su tragedia no consiste en haber sido malvado, sino en haber sido transformado lentamente, día tras día, año tras año, hasta olvidar incluso su propio nombre. Y en esa lentitud terrible reside lo que lo convierte en la figura más conmovedora de toda la obra de Tolkien.
El crimen junto al río
Antes de Gollum existió Sméagol, miembro de un pueblo de hobbits ribereños emparentados con los Fuertes, que vivían en las orillas del Anduin mucho antes de la Guerra del Anillo. Era curioso, inquieto, aficionado a hurgar entre raíces y a escuchar lo que crecía bajo la tierra. Un día de cumpleaños, su pariente Déagol pescaba desde una barca cuando algo tiró de su sedal y lo arrastró al agua. En el lecho del río, entre el barro, encontró un anillo de oro que brillaba con una luz fría.
Sméagol lo vio y lo quiso de inmediato. Lo pidió como “regalo de cumpleaños”, y cuando Déagol se negó, lo estranguló. Aquel primer asesinato, cometido casi sin pensar, fue la semilla de todo lo que vino después. El Anillo ya estaba obrando: no necesitó siglos para corromper a Sméagol, le bastó un instante de codicia para encontrar la grieta por donde colarse.
“Lo necesitamos. Lo necesitamos. Es nuestro, ¿oyes?, y lo queremos.” La voz que repite estas palabras ya no es del todo humana, pero tampoco ha dejado de serlo.
Siglos en la oscuridad
Expulsado por los suyos a causa de sus robos y sus rarezas, Sméagol huyó a las montañas y se hundió bajo ellas, donde la luz del sol no podía alcanzarlo. Allí, en la negrura húmeda de las raíces de las Montañas Nubladas, vivió cerca de quinientos años. El Anillo le concedió una vida antinaturalmente larga, pero no fue un don: fue una condena. Estiró su existencia como se estira la mantequilla sobre demasiado pan, dejándolo seco, delgado y vacío.
En aquella soledad perpetua perdió casi todo lo que lo unía a su pueblo. Olvidó el sabor del pan, el calor del fuego, los nombres de las flores. Sus ojos se volvieron grandes y luminosos para ver en la oscuridad; su piel, pálida y fría. Aprendió a comer pescado crudo y, cuando podía, criaturas peores. Y empezó a hablar consigo mismo, porque era el único interlocutor que le quedaba, llamando “mi tesoro” tanto al Anillo como a sí mismo. De aquel siseo gutural nació el apodo con que pasaría a la historia: Gollum.
Dos voces, un solo cuerpo
Lo más extraordinario de Gollum no es su aspecto, sino su mente partida en dos. Tolkien dramatiza esa fractura con una maestría escalofriante: dentro de la misma criatura conviven dos personalidades en guerra permanente. Por un lado está Sméagol, el resto de hobbit que aún recuerda vagamente la amabilidad, que puede sentir gratitud y lealtad, que llama “amo” a Frodo y desea, contra toda probabilidad, ser bueno. Por otro está Gollum, la voz fría y astuta nacida del Anillo, que solo piensa en recuperar su tesoro y no duda en planear el asesinato de quienes confían en él.
El lector asiste a sus diálogos internos como a un juicio sin jurado. Sméagol promete; Gollum tienta. Sméagol jura por el tesoro servir a su amo; Gollum recuerda que el tesoro lo es todo. Durante un breve y luminoso momento del viaje hacia Mordor, parece que Sméagol podría ganar: la confianza paciente de Frodo casi obra el milagro de devolverle algo de su humanidad perdida. Pero un instante de desconfianza, una palabra dura en el momento equivocado, basta para que Gollum recupere el control y la última oportunidad de redención se desvanezca como humo.
Pocos personajes de la literatura encarnan con tanta nitidez la idea de que un alma puede salvarse o perderse por el filo de un solo gesto de bondad.
El instrumento involuntario del destino
Aquí se revela la dimensión más profunda del personaje. Gandalf lo había intuido mucho antes: Gollum aún tenía un papel que desempeñar, para bien o para mal, antes del final. Y tenía razón. Cuando Frodo llega por fin a las Grietas del Destino, en el corazón del Monte del Destino, ocurre lo impensable: no puede destruir el Anillo. La voluntad del objeto, alimentada por meses de cercanía, vence al portador. Frodo se lo pone y lo reclama como suyo.
En ese momento, cuando toda la misión parecía perdida, aparece Gollum. Ataca, muerde el dedo de Frodo y le arrebata el Anillo. Y entonces, bailando de júbilo al borde del abismo con su tesoro recuperado al fin, pierde el equilibrio y cae a las llamas, llevándose consigo el objeto que ningún héroe había logrado destruir.
La piedad de Bilbo, que años atrás perdonó la vida a Gollum en la oscuridad bajo las montañas, y la de Frodo, que lo perdonó una y otra vez en el camino, no fueron debilidades: fueron el hilo invisible que salvó a la Tierra Media. Sin la criatura más despreciable de todas, el Anillo jamás habría sido destruido. El mal se devoró a sí mismo, y lo hizo a través de su víctima más patética.
El espejo que nadie quiere mirar
Gollum perdura porque no es solo un monstruo de fantasía: es una advertencia. Frodo lo mira y se ve a sí mismo en un futuro posible; nosotros lo miramos y reconocemos la pequeña codicia que todos llevamos dentro, esa vocecita que susurra “lo necesito” ante aquello que en realidad solo deseamos. Tolkien no nos invita a despreciarlo, sino a temblar ante él con una mezcla de horror y compasión.
Tal vez por eso, cuando las llamas del Monte del Destino se cierran sobre él y sobre su tesoro, lo que sentimos no es triunfo, sino un silencio incómodo. Porque en algún lugar de esa criatura quemada todavía agonizaba Sméagol, el hobbit que una vez pescó bajo el sol y que nunca llegó a saber, del todo, qué fue lo que perdió.



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