Glorfindel: el elfo que mató a un Balrog, murió y regresó de entre los muertos
Cayó abrazado a un demonio de fuego en la caída de Gondolin. Milenios después reaparece en Rivendel. La asombrosa historia del elfo que volvió de la muerte.

En un mundo donde la muerte de los Elfos es casi siempre definitiva o queda envuelta en la melancolía de las Estancias de Mandos, hay un nombre que rompe la regla de la manera más luminosa: Glorfindel. Su historia es la de un héroe que dio la vida en la más hermosa de las ciudades élficas, que descendió al reino de los muertos y que, contra toda expectativa, volvió a caminar por la Tierra Media con un fulgor aún mayor. Es, quizá, el mejor ejemplo del legendarium de que en el mundo de Tolkien el sacrificio nunca se pierde del todo.
El señor de la Flor Dorada
Glorfindel vivió su primera vida en Gondolin, la ciudad secreta del rey Turgon, durante la Primera Edad. Era un señor de los Noldor, jefe de la Casa de la Flor Dorada, una de las nobles estirpes de la ciudad. Su nombre, que significa precisamente “cabello de oro”, describía su aspecto: alto, resplandeciente, de melena brillante, la imagen misma de la nobleza élfica en su apogeo.
Cuando Gondolin cayó, traicionada por Maeglin y arrasada por los ejércitos de Morgoth, Glorfindel formó parte de la retaguardia que protegía la huida de los supervivientes, entre ellos el niño Eärendil y sus padres, Tuor e Idril. De su valor en aquella noche terrible dependía el futuro entero de la Tierra Media, aunque él no podía saberlo.
El duelo en el desfiladero
La columna de fugitivos huía por un angosto paso de montaña, Cirith Thoronath, cuando cayó en una emboscada. De entre las rocas surgió un Balrog, uno de los demonios de fuego y sombra, los enemigos más temibles después del propio Morgoth. El pánico cundió: contra semejante criatura, poco podían hacer unos refugiados exhaustos.
Fue entonces cuando Glorfindel dio un paso al frente. Solo, se enfrentó al Balrog en lo alto de un pináculo rocoso, al borde del abismo. El combate fue feroz y desigual, fuego contra acero élfico. Glorfindel logró herir de muerte a la criatura, pero en la agonía el Balrog lo aferró y ambos se despeñaron juntos al vacío, cayendo abrazados hasta el fondo del precipicio.
Así murió Glorfindel, cabello de oro, salvando con su vida a los que un día traerían la esperanza al mundo.
El águila Thorondor, señor de las Águilas, descendió y rescató su cuerpo de las simas, y los supervivientes lo enterraron en un túmulo de piedras sobre el paso. Dicen que sobre él crecieron flores doradas, siempre verdes, en un lugar por lo demás yermo.
El regreso de entre los muertos
Aquí la historia de Glorfindel deja de parecerse a la de cualquier otro héroe caído. En el mundo de Tolkien, los Elfos que mueren no desaparecen: su espíritu acude a las Estancias de Mandos, en Valinor, donde aguardan. La mayoría permanece allí hasta el fin del mundo. Pero a unos pocos, por la grandeza de su vida o de su sacrificio, se les concede volver a encarnarse.
Glorfindel fue uno de esos elegidos. En premio a su heroísmo, se le permitió reencarnarse en un nuevo cuerpo en la Tierra Bendecida, y con la reencarnación llegó, además, un poder acrecentado: quien ha vuelto de la muerte camina, en cierto sentido, entre dos mundos, y su presencia espiritual se vuelve más luminosa y más temible para las criaturas de la sombra. Con el tiempo, regresó a la Tierra Media para seguir combatiendo el mal que aún la amenazaba.
El vado del Bruinen
Por eso, milenios después, en plena Tercera Edad, el lector de El Señor de los Anillos se encuentra de nuevo con él. Cuando Frodo, herido por la hoja maldita de un Nazgûl, huye desesperado hacia Rivendel, no es Arwen quien acude a su rescate —esa es una licencia de las películas—, sino Glorfindel, enviado por Elrond. Monta a Frodo en su caballo y lo guía hasta el Vado del Bruinen, plantándole cara a los Nueve Espectros del Anillo.
Y aquí se hace evidente lo que su regreso significó. Los Nazgûl, que aterran a reyes y ejércitos, vacilan ante Glorfindel, porque ven en él no a un elfo cualquiera, sino a uno que “vive a la vez en ambos mundos”, radiante de la luz de los que han estado en el Reino Bendecido. Su sola presencia es un poder.
La historia de Glorfindel es breve en páginas pero enorme en significado. Nos dice que en la Tierra Media el bien no se agota con la muerte, que un acto de entrega puede ser recompensado con un retorno glorioso, y que el mismo valor que salvó a un niño en un desfiladero en llamas puede, edades más tarde, salvar a un hobbit al borde de un río. La flor dorada, cortada una vez, volvió a florecer.



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