Elrond Medio Elfo: el señor de Rivendel que eligió la inmortalidad
Hijo de dos mundos, testigo de tres Edades y guardián de uno de los Anillos élficos. La historia de Elrond, el sabio de Rivendel que tuvo que elegir su propia naturaleza.

Pocos personajes de la Tierra Media han visto tanto como Elrond. Nacido al final de la Primera Edad, vivo aún al final de la Tercera, es un testigo viviente de casi toda la historia del mundo: vio caer a Morgoth, luchó contra Sauron en la Última Alianza y presidió el Concilio que decidiría, milenios después, el destino del Anillo Único. En él confluyen todos los linajes y todas las edades, y su vida entera está marcada por una palabra que define su existencia: la elección.
Hijo de dos mundos
Elrond descendía del más noble de los linajes. Era hijo de Eärendil el Marinero, el héroe que navegó hasta Valinor con un Silmaril y se convirtió en la Estrella de la Mañana, y de Elwing, descendiente a su vez de Beren y Lúthien. En sus venas se unían la sangre de los Elfos, la de los Hombres e incluso la de los Maiar, a través de Melian. No había en la Tierra Media una herencia más rica.
Pero esa mezcla lo colocaba ante un dilema único. Elrond y su hermano gemelo Elros eran Medio Elfos, y los Valar les concedieron un privilegio y una carga que ningún otro tuvo: elegir a cuál de los dos pueblos pertenecer, con todo lo que ello implicaba.
La elección
Los dos hermanos escogieron caminos opuestos, y esa bifurcación resonaría durante toda la historia. Elros eligió la vida de los Hombres: aceptó la mortalidad, ese “don” amargo que es también el destino de morir, y se convirtió en el primer rey de Númenor, fundando el linaje del que descenderían Elendil, Isildur y, mucho después, Aragorn.
Elrond eligió ser contado entre los Elfos. Aceptó la inmortalidad, con su bendición y su melancolía: la de ver pasar las edades, perder a los amigos mortales y contemplar cómo el mundo que ama se marchita lentamente. Desde ese momento, hermano y hermana quedaron separados por un abismo infranqueable: uno viviría unos siglos; el otro, hasta el fin del mundo o hasta cansarse de él.
El guardián de Rivendel
A lo largo de la Segunda Edad, Elrond se convirtió en una figura central de la resistencia contra la sombra. Fue heraldo de Gil-galad, el último Alto Rey de los Noldor, y combatió en la Última Alianza que derrotó a Sauron al final de aquella Edad.
Fundó Rivendel (Imladris), un valle oculto que se convertiría en el más famoso de los refugios élficos: un lugar de paz, sabiduría y curación donde se guardaban la memoria y el saber de tiempos antiguos. Allí, como señor de la casa, Elrond acogió durante siglos a los viajeros, los heridos y los perseguidos.
Recibió además, de manos de Gil-galad, uno de los tres Anillos de los Elfos: Vilya, el Anillo del Aire, el más poderoso de los Tres. Con él ayudó a preservar la belleza y la resistencia de Rivendel contra el paso del tiempo y el avance de la oscuridad.
En Rivendel vivían aún algunos de los Sabios, de la raza de los Elfos, y allí el mal no podía entrar mientras Elrond morara en el valle.
El precio del amor
La vida de Elrond también conoció el dolor. Se casó con Celebrían, hija de Galadriel y Celeborn, y tuvieron tres hijos: los gemelos Elladan y Elrohir, y una hija, Arwen Undómiel, la Estrella de la Tarde, de una belleza que recordaba a la de su antepasada Lúthien. Pero Celebrían fue capturada y atormentada por los orcos, y aunque fue rescatada, quedó tan herida en el cuerpo y el alma que no halló consuelo en la Tierra Media y partió por mar hacia Valinor, dejando atrás a su familia.
Y el corazón de Elrond volvería a partirse por la misma frontera que había marcado su vida. Cuando Aragorn, a quien él mismo había criado como a un hijo, y su hija Arwen se enamoraron, Elrond se enfrentó a una repetición de su propia historia: Arwen, Medio Elfa, tendría que elegir la mortalidad para vivir con Aragorn, condenándose a morir y a separarse para siempre de su padre. Elrond, sabio y justo pero también dolido, puso una condición severa: solo consentiría la unión si Aragorn reunificaba los reinos de los Hombres y se convertía en rey.
El último viaje
Cuando el Anillo Único fue destruido y comenzó a apagarse la era de los Elfos, llegó también el momento de Elrond. Los Tres Anillos perdían su poder, y quienes los habían portado ya no tenían lugar en el mundo de los Hombres que amanecía.
Al final de la Tercera Edad, Elrond se embarcó en los Puertos Grises rumbo al Oeste, hacia Valinor, junto a Galadriel, Gandalf y los portadores del Anillo, Bilbo y Frodo. Dejó atrás Rivendel y, sobre todo, a su hija Arwen, a quien no volvería a ver jamás, pues ella había elegido la suerte de los mortales. Aquella despedida encierra toda la melancolía de su pueblo: incluso el más sabio de los Elfos tuvo que pagar, en la separación de una hija, el precio de las decisiones que definen a los Medio Elfos.
Elrond es, en el fondo, la memoria viva de la Tierra Media. En su persona se enlazan la Primera Edad y la Cuarta, los Elfos y los Hombres, la gloria antigua y el mundo que llega. Y su vida entera enseña una verdad que atraviesa toda la obra de Tolkien: que las decisiones más importantes no se toman en el campo de batalla, sino en el corazón, y que hasta la inmortalidad tiene su propio y silencioso precio.



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