Los Dos Árboles de Valinor: la luz perdida de la que nacieron el Sol y la Luna
Telperion el plateado y Laurelin el dorado iluminaron el mundo antes que el Sol. Su luz fue la más pura de Arda, y su destrucción cambió la historia para siempre.

Antes del Sol, antes de la Luna, antes de que ninguna estrella hubiera sido encendida sobre las tierras mortales, el mundo de Tolkien se iluminaba con la luz de dos árboles. No eran plantas cualesquiera, sino la fuente de toda claridad y belleza en la Tierra Bendecida, y su historia —su nacimiento glorioso y su muerte a manos de la envidia— es el eje secreto sobre el que gira gran parte del legendarium. Comprender los Dos Árboles es comprender qué se perdió, y por qué su recuerdo pesa sobre todo lo que vino después.
El nacimiento de la luz
En los primeros días de Valinor, cuando los Valar habían establecido su reino en el Oeste, la Vala Yavanna, señora de todo lo que crece, cantó ante una colina verde llamada Ezellohar. De su canto, y regados por las lágrimas de Nienna, la señora del duelo, brotaron dos árboles de una hermosura que nada igualó jamás.
El primero fue Telperion, el mayor. Tenía hojas de un verde oscuro plateado por debajo, y de sus innumerables flores blancas caía un rocío de luz de plata. El segundo fue Laurelin, el dorado, de hojas de un verde claro y flores como racimos de fuego amarillo, que derramaban una lluvia de luz de oro.
Los dos árboles brillaban por turnos. Cada uno alcanzaba su plenitud durante siete horas y luego menguaba mientras el otro despertaba, de modo que había momentos de luz mezclada, dorada y plateada a la vez. Aquellos ciclos marcaban el paso del tiempo: fue la primera medida de las horas en el mundo, mucho antes de que existieran los días tal como los conocemos.
Y aquella luz vivía en la tierra y en el aire, y era la más pura que hubo jamás bajo el cielo, y todo lo que tocaba lo hacía hermoso.
La luz más codiciada
La importancia de los Árboles no está solo en su belleza, sino en lo que su luz significaba. Era una luz anterior a toda corrupción, no manchada por la sombra de Morgoth. Nada en las edades siguientes volvería a poseer semejante pureza.
Por eso fue esa luz la que Fëanor, el más grande de los artesanos elfos, logró capturar y encerrar en los tres Silmarils. Al hacerlo, sin saberlo, salvó una chispa de los Árboles para el futuro, porque muy pronto la fuente original iba a apagarse para siempre.
La oscuridad y la araña
La catástrofe llegó de la mano de la envidia y del hambre. Melkor, el Vala rebelde convertido en Morgoth, odiaba la luz de Valinor y ansiaba destruirla. Se alió con un ser tenebroso y voraz, la araña primordial Ungoliant, criatura que tejía la oscuridad misma y devoraba todo cuanto brillaba.
Envueltos en una nube de negrura que ninguna luz podía traspasar, los dos llegaron hasta la colina de los Árboles. Melkor los hirió con su lanza, y Ungoliant pegó su boca a las heridas y bebió. Bebió la savia luminosa de Telperion y de Laurelin hasta dejarlos secos y muertos, y luego apuró incluso las fuentes de luz que Varda guardaba. En un instante, Valinor quedó sumido en tinieblas. Y en esa misma oscuridad, Morgoth robó los Silmarils y huyó.
De la muerte, el Sol y la Luna
Cuando los Valar acudieron, ya era tarde: los Árboles agonizaban. Yavanna cantó por última vez sobre ellos, y hubo un postrer prodigio. Telperion dio una última flor de plata, y Laurelin, un último fruto de oro.
Con esos dos tesoros los Valar crearon nuevas luces para el mundo, y esta vez las alzaron a los cielos, fuera del alcance de la maldad. La última flor de Telperion se convirtió en la Luna, y el último fruto de Laurelin, en el Sol. Así, la luz de los Árboles no desapareció del todo: sigue brillando, transformada, sobre las tierras mortales cada día y cada noche. Cuando miramos el cielo del mundo de Tolkien, contemplamos las últimas reliquias de aquella belleza perdida.
La sombra de un árbol blanco
Hay un último eco. Antes de su muerte, de Telperion se hicieron imágenes y descendientes. Uno de ellos llegó a Númenor, y de él descendió Nimloth, y de Nimloth, el Árbol Blanco de Gondor que florece junto a la ciudadela de Minas Tirith en tiempos de El Señor de los Anillos. Cuando Aragorn, ya rey, encuentra un retoño del Árbol Blanco en las alturas, no está hallando solo un símbolo de su reino: está tocando el último vástago vivo de Telperion, la luz de los Dos Árboles resistiendo, contra todo pronóstico, hasta el final de las edades.



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